martes, 1 de agosto de 2017

Historias del Talento: Gaito Gazdánov

Nacemos con estrella, venimos al mundo con talento pero si no lo ponemos en juego nuestra labor en la tierra no brilla. De nada sirve el talento, ese singular ordenamiento del potencial humano que la naturaleza confiere a cada individuo, si no es puesto en acción. Activar el don personal es abrirse al camino de nuestra vocación y por tanto al entusiasta compromiso con uno mismo. La realización de la vocación requiere por tanto de talento y dedicación. La historia del excelente escritor ruso Gaito Gazdánov es un ejemplo claro del compromiso con los dones que no han sido otorgados y la dedicación a la vocación literaria en circunstancias aparentemente poco propicias.

Gaito Gazdánov nació en San Petersburgo (1904) en el seno de una familia originaria de Osetia. Se crio en Siberia y Ucrania donde su padre, a quien perdió junto a sus dos hermanas en la infancia, fue destinado en el ejercicio de su profesión de guardabosques. Tras el golpe de estado protagonizado por los bolcheviques (Revolución Rusa de 1917), siendo aún un adolescente, combatió en la guerra civil rusa hasta que, derrotado el ejército blanco en el que se había alistado como voluntario, fue evacuado de Crimea (1920) rumbo a Turquía. Abandonó así Rusia a la que nunca pudo regresar. Tras vagar por Gallipoli y Constantinopla donde escribió su primer relato (Hotel de futuro) y posteriormente por Bulgaria se asentó como exiliado en París (1923). Allí realizará distintos trabajos: estibador en los muelles del Sena, operario en la cadena de montaje de la fábrica de automóviles Citroën, asistente de oficina en la editorial Hachette y desde 1928 a 1952 como taxista nocturno para poder entregarse durante el día a su vocación literaria para la cual tenía “sin duda mucho talento. Y permítame añadir que el suyo es un talento insólito, muy singular” como le escribiría Máximo Gorki en una carta fechada en 1930 y enviada desde la Rusia soviética. Aun estando prohibidas sus obras en la Unión Soviética y escribiendo en ruso, Gaito trabajaba para poder realizar su obra, era fiel a sí mismo, honraba al mundo con los dones de su talento.

Este compromiso consigo mismo y el mundo no hubiera sido posible sin la existencia de un talento singular. La dedicación de Gaito a su vocación literaria en las circunstancias adversas que rodeaban su vida, necesarias por otra parte para dar contenido a su obra, no hubiera sido posible sin esa aptitud natural que le inclinaba a determinadas tareas que le aportaban sentido y plenitud en su realización. Y hay que enfatizar este punto porque el talento (aptitud) no es compromiso (actitud) como se nos quiere hacer ver a menudo sino que éste último brota liberando esa capacidad innata que nos permite ser el que somos y andar nuestro propio camino en la vida. El compromiso y la consiguiente dedicación nacen siendo fieles a nosotros mismos, a nuestra singular naturaleza, al talento y la vocación que están impresas de forma innata en nuestro ser individual.

Es desde esta perspectiva de situarse centrado en el talento en el espacio de la vocación que deben entenderse famosas frases de genios como Picasso “No creo en las musas..., pero si llegan que me pillen trabajando", Beethoven “el genio se compone del dos por ciento de talento y del 98 por ciento de perseverante aplicación”, Francisco Umbral “El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”, etc... La obra del talento es imposible sin el propio talento, él es la condición necesaria para realizar nuestra vocación, es él quien nos abre a un mundo en el que las musas se revelan, a un mundo en el que dedicamos nuestra energía de una forma que nos hace sentirnos plenos, útiles y valiosos para los demás, a un mundo en el que nos comprometemos con gusto con nuestra obra al tiempo que nos permite redimirnos.

Gaito Gazdánov trabajaba de taxista nocturno en París con un fin superior que trascendía al de simplemente sobrevivir, trabajaba para hacer posible su vocación, redimirse y hallar la salvación en este mundo. Concluida la Segunda Guerra Mundial (1940-45) recibe la nacionalidad gala (1947) no por su obra literaria sino por su labor en la resistencia francesa y en 1953 se traslada a vivir a Munich al obtener una plaza como periodista y redactor de Radio Liberation. En este nuevo “exilio en el exilio” su labor profesional se acerca a su talento y vocación, al tiempo que sigue reencontrándose consigo mismo. Regresa a Paris en 1959 como corresponsal de la emisora y vuelve de nuevo el 1967 a la ciudad bávara donde fallecerá en 1971. A su muerte deja diez novelas y otra inconclusa, así como cerca de cuarenta relatos además de numerosos escritos como ensayos y artículos todos ellos fruto del compromiso consigo mismo y con el mundo, resultado de la dedicación ineludible que nace cuando somos fieles al talento y la vocación innatas que están impresas en nuestro ser.

Su cuerpo fue enterrado en el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois, a las afueras de París, junto al de otros talentos rusos como el bailarín Rudolf Nureyev, el cineasta Andrei Tarkovski o el premio NóbeI de literatura Ivan Bunin, personalidades y excombatientes del ejercito blanco (miembros de diferentes divisiones y de cosacos) todos ellos exiliados a raíz de la Revolución de Octubre y la instauración y perpetuación del poder sovietico; y su extraordinaria obra, trascendiendo la vida mortal de su autor, fue publicada y admirada en Rusia con la llegada de la Perestroika para ser rápidamente traducida a innumerables lenguas. Como ocurrió con Gaito Gazdánov, ese singular talento, la obra útil de nuestro don pervivirá en la memoria de quienes nos suceden.


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